Maricica Hahaianu, de 32 años, la mujer que cayó al suelo y se fracturó el cráneo tras ser golpeada por un joven de 20 años en una estación del Metro de Roma, en medio de la indiferencia de los paseantes y cuyo vídeo dio la vuelta al mundo, ha fallecido en un hospital de la capital italiana.
No me voy a dedicar a culpabilizar al chico que realiza la agresión, seguro que será debidamente juzgado con todas las garantías que un país como Italia ofrece, pero me gustaría reflexionar sobre la terrible soledad que viendo el video se adivina alrededor del suceso en la estación de metro. Se ve pasar personas, unas con indiferencia disfrazada de prisa y otras con miedo mientras Maricica está en el suelo noqueada, sola.
Indiferencia y miedo la rodean como rodearían desgraciadamente a cualquiera que en cualquier gran ciudad europea estuviera en una situación similar y eso es lo que nos tendría que hacer meditar.
¿Qué nos hace ser indiferentes a tantas cosas, ahora, cuando precisamente nuestra implicación, nuestra resolución ante las adversidades, ha sido uno de los principales motores para que este mundo avance en justicia y equidad?
¿Quién si no ha dado lo mejor, incluso la vida propia o la de sus hijos, por las ideas, la igualdad, los derechos humanos, la democracia, la paz? Nosotros mismos, los indiferentes que pasamos alrededor de las Maricicas que todos los días surgen, hemos sido héroes y protagonistas en otro tiempo, sin embargo ahora nos diluimos en la masa, nos excusamos detrás de otros, buscamos pretextos para no intervenir, evadimos nuestras responsabilidades como miembros de la sociedad, del grupo, de los vecinos, de la humanidad.
¿Por qué? Porque nos están haciendo y educando así, el desconocimiento es la clave y nos provoca temor, porque quieren que seamos una sociedad atemorizada y por tanto fácil de manejar, porque nos prefieren con miedo. Nos quieren indefensos, propensos a pedir ayuda y a sentirnos incapaces de fiarnos los unos de los otros. Nos quieren con miedo. Propensos a necesitarlos. Quieren que no nos conozcamos, que desconfiemos unos de otros para reconducirnos mejor según sus intereses y sus claves morales.
Aunque claro, ese miedo general que tenemos provoca la indiferencia que de vez en cuando se cobra víctimas, impredecibles y por supuesto asumibles.
Manejar el miedo siempre ha dado gran resultado, ahí está el infierno cristiano que durante 20 siglos sigue funcionando y otorgando poder a quienes lo administran. Las armas de destrucción masiva que no existían, pero que nos dieron tanto miedo, que sirvieron de excusa para provocar una guerra y para que murieran miles de personas en ella, y tan bien de paso para que algunos se enriquecieran sin rubor u otros pudieran salir en fotos desgraciadamente históricas.
No podemos consentir que infieles usurpen nuestras creencias, por eso les negamos sitios donde realizar sus rezos, nos dan miedo porque nos han enseñado que sus costumbres no son iguales a las nuestras, que un hiyab no es lo mismo, por supuesto, que un velo, que una kipa o gorro judío no es lo mismo que un bonete y que una catedral y una mezquita o una sinagoga no son lo mismo. Hay que defenderse y para eso están ellos.
¿Y qué decir de los pobres? Siempre dispuestos a delinquir y a destrozar nuestra tranquilidad cotidiana, siempre buscando la forma de arrebatarnos lo que nos hemos ganado “honradamente” a base de nuestro esfuerzo y trabajo. ¿Acaso ellos no pueden ponerse a trabajar y dejarnos en paz?, que se pongan a trabajar, o que, al menos se vayan a otro lugar para que dejen de atemorizar a nuestros niños. Y ellos se ofrecen a conseguir que no notemos su presencia, a hacerlos desaparecer de nuestra vista.
El miedo siempre ha sido un gran negocio, por eso necesitamos defendernos de los inmigrantes que vienen a invadirnos, a vender drogas a nuestros niños, a robarnos el trabajo e incluso a violar a nuestras mujeres, por eso pedimos ayuda, por eso hay compañías de seguridad, por eso se venden armas y se construyen muros. Por eso se ofrecen a defendernos del diferente, del desconocido y por eso nos piden el voto asegurándonos que no los van a dejar pasar, ni llegar, ni quedarse o que los expulsarán.
Por eso los necesitamos, porque tenemos miedo.
El pago además de económico y moral conlleva cierta deshumanización, renunciar a ciertos principios que nos hacen olvidar que, de vez en cuando, surja la vergüenza colectiva ante casos como el de Maricica, pero es el precio del miedo.
Unas canciones que hablan de amor y esperanza

Siempre, la base del problema es la Educación. Salud.
ResponderSuprimirYo diría más que el precio del miedo, el precio de la indiferencia. Cada vez, pensamos más en nosotros mismos, nos creemos el centro del mundo, los que siempre llevamos razón, somos más egocéntricos. Aún así, me cuesta creer que en estos casos tan drásticos, la gente podamos mirar para otro lado. !En qué nos estamos convirtiendo!
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