30 de noviembre de 2009

Necesito heroes

Necesito héroes para que me ayuden a seguir viviendo.

Necesito a alguien que cuando escuche mis lamentos piense cuál puede ser la razón, que me pregunte, que se asegure de que él ya no está, que se marchó a consumir su ira y su rencor a otro lugar. Necesito al vecino, al amigo, al desconocido que me preste un hombro en el que llorar y una mirada de consuelo en la que refugiarme.

Necesito a alguien que me abra la puerta cuando huyo, a alguien que desde detrás de la mirilla o del tenue tabique de la pared se decida a ofrecerme el cobijo necesario cuando la furia se desata. Necesito ese calor de un hogar amigo en el que ampararme para resistir sus embestidas.

Necesito un héroe que me guie hasta donde mis heridas se puedan curar, donde la sangre de mi cuerpo, de mi mente y de mi alma se pueda limpiar con agua fresca que bañe esas laceraciones, las torne en cicatriz y destierre para siempre la suciedad infecta de la humillación, el oprobio, el desdén y la degradación. Necesito que me traten el cuerpo, pero, sobre todo, necesito que me traten el alma que agoniza de dolor.

Necesito policías, fiscales, jueces y políticos, todos ellos héroes, para que me aseguren que mi vida junto a él no se va a volver a repetir nunca, que no va a ver posibilidad de que me vuelva a poseer, a tener y a romper. Necesito esos héroes porque sin ellos mi vida sé que se acaba, irremediablemente sucumbirá tarde o temprano tras un mal empujón o, simplemente, cesará durante una de las interminables palizas, porque mi corazón haya decidido que no puede aguantar más.

Necesito que no aparezcan falsos paternalismos, palabras huecas, gestos vacios y que no me tomen como a una más, como un número más en las estadísticas. Necesito héroes que no me juzguen, que comprendan que lo he querido y que por amor se puede hacer la locura de aguantar, de perdonar o de, incluso, sentir que tú eres la culpable. Necesito conocer vuestra compresión sobre mi derecho a plantarme, a decir que ya basta, que ya no aguanto más, que nunca jamás volverán esos días de miedo y terror, que eso era antes, y que definitivamente acabó.

Ahora, necesito héroes que entiendan lo desgarrador de mi dolor, lo difícil de mi decisión, lo dificultoso de salir huyendo, de abandonar tu presente y tu pasado, lo cotidiano, tus pequeñas cosas en las que durante todos estos años he buscado refugio, de escapar a ese martirio que, a fuerza de repetirse se ha hecho tan mío, de dejar atrás recuerdos de días felices de pasión que pronto se tornaron en tortura y desamor.

Necesito nuevos corazones en los que confiar, con los que creer que el tiempo, sus instantes, merecen ser vividos y disfrutados, que no se agotan en los insultos, en las vejaciones, en los golpes, en el desprecio. Necesito héroes que me lo muestren, que me hagan sentir otra vez viva, con sonrisas, guiños, gestos amables, con miradas cómplices de esas que te hacen creer en la bondad de los seres humanos, en la grandeza del entendimiento y de la razón, en eso que llaman sociedad.

Necesito un héroe, cercano, anónimo y sensible que me ofrezca la posibilidad de tener una vida.



29 de noviembre de 2009

No me juzguen

Que nadie se atreva a decirme que cambie de idea. Que nadie me diga que me voy a arrepentir. Que no me juzguen. Necesito respirar.

Que no me digan que somos el matrimonio perfecto, que él es muy atento y siempre está pendiente de mí. Qué no tienen ni idea.

Que no saben que no es eso, simplemente está tan próximo que me raciona mi aire, tan cercano que cercena mi libertad, tan atento que me corrige lo que soy y como soy, tan volcado que a veces me aplasta contra sus paredes.

Porque cuando intentaba expresar mis opiniones me las cambiaba o me las hacia silenciar, porque cuando se me ocurría decir lo que pensaba, me conducía a la reclusión de las que debemos callar, como su perfecta madre, porque con su mirada helada cerraba el candado de mis labios, porque no saben que hasta hoy no he tomado ni una sola decisión, él se encargaba de hacerlo por mí, porque me ataba con las bridas del desprecio y de la culpabilidad que también creía mía.

Que no me juzguen por mi sonrisa. Es distinta a la que se instalaba en mi rostro cuando sus manos se hincaban en mi cintura desgarrándome las entrañas y a todo el mundo le parecía que sus abrazos llenaban mi yo cotidiano de ternura y sensibilidad. Ahora rio porque al fin soy libre y sus manos ya no llagan mi piel para dibujar una mueca en mi cara sonriente y que los demás la aprecien.

Que no me juzguen porque mis ropas hayan cambiado. Hasta ahora he ido disfrazada a su antojo. Sus vestidos, sus faldas, sus blusas, y tras la primera bofetada hasta sus bragas. Pues ese disfraz de perfecta exposición ya no existe, ha quedado en el mismo suelo de la alcoba donde en vez de amarnos, me poseía. Ahora me he liberado de esas cadenas que me atenazaban con las que cubría mi cuerpo de sus caprichos y conveniencias desde que me levantaba. Trajes caros, gasas y puntillas que me anulaban, que me incluían entre sus pertenencias, que más que embellecerme, como si fuera una res más de su ganadería me marcaban su divisa en la piel.

Que no me digan que era encantador y galán, que nadie ha recibido tan de cerca su aliento cargado de alcohol y de sudor ausente. Que nadie ha sentido su fría saliva recorriendo una piel que sabía que, en un solo segundo, tras un mal gesto, tras una leve protesta, la caricia se podría tornar a tortura, las palabras a gritos, los suspiros a lamentos. Que nadie ha estado noche tras noche esperando lo que podría pasar, que no han sentido la angustia de no poder imaginar si se iba a producir un beso o tal vez un desprecio. Que nadie se ha sentido violada por ese mezquino que no tuvo nunca la delicadeza de preguntarme y para el que, por sus frustraciones y complejos, sólo fui un desahogo y no una compañera de algo que fuera parecido al disfrute o a compartir. Mi cuerpo nunca fue cómplice del suyo, sólo fue su prisionero, por eso ahora busca con libertad todo el tiempo perdido, ahora busca disfrutar, pero qué no lo cuestionen, que no se atrevan a opinar, necesita como todos los demás cuerpos amar.

Que me voy, que adiós, que ahí se queda él. Por eso les pido que no me juzguen, necesito respirar.