Que nadie se atreva a decirme que cambie de idea. Que nadie me diga que me voy a arrepentir. Que no me juzguen. Necesito respirar.
Que no me digan que somos el matrimonio perfecto, que él es muy atento y siempre está pendiente de mí. Qué no tienen ni idea.
Que no saben que no es eso, simplemente está tan próximo que me raciona mi aire, tan cercano que cercena mi libertad, tan atento que me corrige lo que soy y como soy, tan volcado que a veces me aplasta contra sus paredes.
Porque cuando intentaba expresar mis opiniones me las cambiaba o me las hacia silenciar, porque cuando se me ocurría decir lo que pensaba, me conducía a la reclusión de las que debemos callar, como su perfecta madre, porque con su mirada helada cerraba el candado de mis labios, porque no saben que hasta hoy no he tomado ni una sola decisión, él se encargaba de hacerlo por mí, porque me ataba con las bridas del desprecio y de la culpabilidad que también creía mía.
Que no me juzguen por mi sonrisa. Es distinta a la que se instalaba en mi rostro cuando sus manos se hincaban en mi cintura desgarrándome las entrañas y a todo el mundo le parecía que sus abrazos llenaban mi yo cotidiano de ternura y sensibilidad. Ahora rio porque al fin soy libre y sus manos ya no llagan mi piel para dibujar una mueca en mi cara sonriente y que los demás la aprecien.
Que no me juzguen porque mis ropas hayan cambiado. Hasta ahora he ido disfrazada a su antojo. Sus vestidos, sus faldas, sus blusas, y tras la primera bofetada hasta sus bragas. Pues ese disfraz de perfecta exposición ya no existe, ha quedado en el mismo suelo de la alcoba donde en vez de amarnos, me poseía. Ahora me he liberado de esas cadenas que me atenazaban con las que cubría mi cuerpo de sus caprichos y conveniencias desde que me levantaba. Trajes caros, gasas y puntillas que me anulaban, que me incluían entre sus pertenencias, que más que embellecerme, como si fuera una res más de su ganadería me marcaban su divisa en la piel.
Que no me digan que era encantador y galán, que nadie ha recibido tan de cerca su aliento cargado de alcohol y de sudor ausente. Que nadie ha sentido su fría saliva recorriendo una piel que sabía que, en un solo segundo, tras un mal gesto, tras una leve protesta, la caricia se podría tornar a tortura, las palabras a gritos, los suspiros a lamentos. Que nadie ha estado noche tras noche esperando lo que podría pasar, que no han sentido la angustia de no poder imaginar si se iba a producir un beso o tal vez un desprecio. Que nadie se ha sentido violada por ese mezquino que no tuvo nunca la delicadeza de preguntarme y para el que, por sus frustraciones y complejos, sólo fui un desahogo y no una compañera de algo que fuera parecido al disfrute o a compartir. Mi cuerpo nunca fue cómplice del suyo, sólo fue su prisionero, por eso ahora busca con libertad todo el tiempo perdido, ahora busca disfrutar, pero qué no lo cuestionen, que no se atrevan a opinar, necesita como todos los demás cuerpos amar.
Que me voy, que adiós, que ahí se queda él. Por eso les pido que no me juzguen, necesito respirar.
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