Necesito héroes para que me ayuden a seguir viviendo.
Necesito a alguien que cuando escuche mis lamentos piense cuál puede ser la razón, que me pregunte, que se asegure de que él ya no está, que se marchó a consumir su ira y su rencor a otro lugar. Necesito al vecino, al amigo, al desconocido que me preste un hombro en el que llorar y una mirada de consuelo en la que refugiarme.
Necesito a alguien que me abra la puerta cuando huyo, a alguien que desde detrás de la mirilla o del tenue tabique de la pared se decida a ofrecerme el cobijo necesario cuando la furia se desata. Necesito ese calor de un hogar amigo en el que ampararme para resistir sus embestidas.
Necesito un héroe que me guie hasta donde mis heridas se puedan curar, donde la sangre de mi cuerpo, de mi mente y de mi alma se pueda limpiar con agua fresca que bañe esas laceraciones, las torne en cicatriz y destierre para siempre la suciedad infecta de la humillación, el oprobio, el desdén y la degradación. Necesito que me traten el cuerpo, pero, sobre todo, necesito que me traten el alma que agoniza de dolor.
Necesito policías, fiscales, jueces y políticos, todos ellos héroes, para que me aseguren que mi vida junto a él no se va a volver a repetir nunca, que no va a ver posibilidad de que me vuelva a poseer, a tener y a romper. Necesito esos héroes porque sin ellos mi vida sé que se acaba, irremediablemente sucumbirá tarde o temprano tras un mal empujón o, simplemente, cesará durante una de las interminables palizas, porque mi corazón haya decidido que no puede aguantar más.
Necesito que no aparezcan falsos paternalismos, palabras huecas, gestos vacios y que no me tomen como a una más, como un número más en las estadísticas. Necesito héroes que no me juzguen, que comprendan que lo he querido y que por amor se puede hacer la locura de aguantar, de perdonar o de, incluso, sentir que tú eres la culpable. Necesito conocer vuestra compresión sobre mi derecho a plantarme, a decir que ya basta, que ya no aguanto más, que nunca jamás volverán esos días de miedo y terror, que eso era antes, y que definitivamente acabó.
Ahora, necesito héroes que entiendan lo desgarrador de mi dolor, lo difícil de mi decisión, lo dificultoso de salir huyendo, de abandonar tu presente y tu pasado, lo cotidiano, tus pequeñas cosas en las que durante todos estos años he buscado refugio, de escapar a ese martirio que, a fuerza de repetirse se ha hecho tan mío, de dejar atrás recuerdos de días felices de pasión que pronto se tornaron en tortura y desamor.
Necesito nuevos corazones en los que confiar, con los que creer que el tiempo, sus instantes, merecen ser vividos y disfrutados, que no se agotan en los insultos, en las vejaciones, en los golpes, en el desprecio. Necesito héroes que me lo muestren, que me hagan sentir otra vez viva, con sonrisas, guiños, gestos amables, con miradas cómplices de esas que te hacen creer en la bondad de los seres humanos, en la grandeza del entendimiento y de la razón, en eso que llaman sociedad.
Necesito un héroe, cercano, anónimo y sensible que me ofrezca la posibilidad de tener una vida.

